Idus de marzo

Idus de marzo

Invitación al libro Idus de Marzo

Por Federico Irizarry Natal

 

I
Idus de marzo (colección de poemas del periodo de 1994 a 2004), se instaura con fuerza a la manera de una poética del límite. No en el sentido de fin o último punto a donde puede extremarse, sin más, una deriva. No en la forma de mero acabamiento o de silencio. No en el modo de debilitamiento que termina por apagarse. Digo límite en el sentido de instancia críticamente endurecida e incómodamente inmovilizada en el espesor de un continuoum ya de por sí cada vez más asfixiante. Límite, por lo tanto, en la medida de un durísimo núcleo de tensión que posibilita así el espacio problemático para la toma de una palabra que –más allá de volcarse- aspira al estallido inevitable y a la desterritorialización urgente en vías del fin inalcanzable. Límite entendido, pues, como pliegue en cuya tirantez despunta concretamente la contundencia del desbordamiento.
En contraste con su primer libro –La luz necesaria (Isla Negra, 2006)-, en que Julio César Pol expone una escritura controlada por la economía de un minimalismo imaginerista y cerebral; en Idus de Marzo, el autor pone en marcha un discurso en despliegue hacia la visceralidad y el desbocamiento. La enunciación de este corresponde a la voz de un sujeto violentado. No en balde el título. Así, el apalabramiento procede de la necesidad vital de no guardarse ante ninguna adivinación o señal preventiva. Abandonada a sus peligros, esta es una poesía que transita con resuellos de diatriba por estados de ánimo que confirman que es posible acariciar lo áspero en plena precariedad. Eros y violencia se conjugan, en fuerte lastre, para revelar el absurdo y la animalidad perdida que aún no cejan, sin embargo, en sus anhelos de redención. Corrosivo y visceral, desgarrado y duro, este libro se abre al vértigo y al asombro; pero también hacia la hondura y la complicidad.
II
La primera y la tercera partes de este poemario – tituladas Por la ruta de la Escorrentía y El problema de Orfeo, respectivamente- enfrentan el gesto amatorio desde la asunción de su condición escurridiza y conflictiva. El amor es entendido como trampa (o caída libre); cuya acción (amar) “es la interrupción abrupta del latido/ que lento se descompone o evoluciona hacia la luz”. En los textos que componen el corpus de estas dos partes, la suspensión que implica la incertidumbre de tal disyuntiva produce una suerte de fractura de donde escapa el malestar del deseo a manera de un poderoso golpe de erotismo imperioso e implacable. Erotismo tremendista que vincula torrencialmente necesidad con premura, ternura con perversión, insatisfacción con gratitud. Refractado, el amor acontece como desorden y dislocación que colocan al sujeto deseante en situación extremadamente tensa ante el otro: “Desde que existes / mis sueños son más perversos / más cortas las noches / y el día pende su infinita estación / sobre mi garganta”, se dice en el texto titulado “Envidiarán mis versos para ti”. Más adelante remata: “no hay deseo más enfermo / que el que se acuesta conmigo”.
A raíz de esto último, el peso de la otredad constituye en los textos de estas partes una instancia complicada. Si bien por un lado, el otro está marcado por el signo de lo salvífico y lo pleno en que redunda imaginar la entrega desgarrada de la mismidad (así podría constatarse en los poemas titulados “Estéril”, “Por la ruta de la Escorrentía” y “Sólo de carne”); por otro lado, también queda articulado bajo la impronta de una fuerte noción de dominio que tiende al vasallaje del amor, según la expresión de Barthes, en que deriva la seducción y sus estrategias de poder (esto último podría percibirse en textos como “En el límite”, “2 AA” y “Oráculo de Pol”). Tal contradicción evidencia en el sujeto de estos textos una conciencia que opera sobre la base de una experiencia radical determinada por la exasperación que produce lo limítrofe en aquel que busca establecerse en uno de los lados del linde. El poema dedicado precisamente a Mick Jagger registra el apuro de dicho acaloramiento: “Morir lentamente / entre un orgasmo y un ataque cardíaco / (…) inducidos por la viagra / y la entrepierna de una adolescente / en llamas”. Al respecto podría hablarse de una exacerbación paralizada en el borde más filoso de lo fronterizo. Lo extremo, para abrirse al desbordamiento, obligaría a armonizar opuestos en la misma medida en que las oposiciones sean capaces de mantener fructíferamente la tensión del choque. Una suerte de devenir que sacrifica la subida de la escala imaginando que la elevación se genera pisando la contrahuella del peldaño. Falsa la pista, entonces, de aquellos despuntes que garanticen en este libro una solución para resolver la alteración puntillosa sobre la que se erige. El amor es trampa. La mismidad es trampa. El otro también es trampa. A lo sumo: caída libre que no logra distensión.
El flujo conflictivo en que deviene tal caída podría constatarse en el diálogo que se produce entre los textos que dan título a estas dos partes a las cuales hago referencia. En “Por la Ruta de la Escorrentía” acontece -dentro de un contexto degradado- un apuradísimo tránsito (“calle abajo”,
precisamente) cuya avanzada ya ineludible se da entre la fragmentación del otro y la nostalgia de la plenitud o del fundamento. En medio: la precipitación de un sujeto que termina por asumir su gesto como un disparo hacia una trascendencia vacua que deriva en una suerte de conformismo irónico que, en “El problema de Orfeo”, acaba –a la manera de una tentativa de retorno- por materializarse en agresiva seña sarcástica. Esta -a la luz de los demás textos de esta tercera parte del libro- no hace sino flotar en torno de un erotismo ácido y cínico. Es la suspensión, entonces, lo que reside en el límite. No sólo como continuación indeterminada de una caída, sino también como aplazamiento infinito del fundamento anhelado. Ante la imposibilidad (o la resistencia) de apropiarse o diluirse de una vez y por todas en el otro (en ello radicaría el desbordamiento), el sujeto de estos textos opta por un sucedáneo del sentido: la masturbación, en el peor de los casos; en el mejor, la entrepierna femenina. En esta última, que recuerda el misterio gozoso al que alude Óscar Hahn en uno de sus mejores poemas, radica el punto más tenso del límite de esta poética. Desde el mismo es que puede vislumbrarse la amenaza -nunca cumplida- del desborde, reducido a la posibilidad de un mero derramamiento. Si hay un texto que así lo confirma, me parece que este es el que lleva por título “Sobre la mesa”. Las últimas cuatro líneas (“Yo quiero / -contigo- / dejar los testículos / afuera”) constituyen un registro que trasciende la sola imagen de la penetración.
III
La segunda parte de este libro, El otro lado de la mano, está constituida por un grupo de poemas que dan cuenta de la terrible condición existencial del ser humano. La misma, en diálogo con las otras dos partes ya comentadas, arroja duras luces en torno del desarraigo del sujeto que toma la voz en este poemario. El mundo (y la vida), también entendidos como trampa, determinan una voz tensa que articula un testimonio del malestar que implica respirar sobre la faz de la Tierra. “Voy a sacarte los ojos, Vida / como el cuervo que soy y que criaste” se dice en el poema “Fábula”, cuya moraleja, en clave de inversión, radica en un intento de desestabilización del Orden, que ha terminado por falsificar todo gesto de autenticidad y libertad humanas.
Algo, no obstante, sobresale en todo ello. Dicho malestar no sólo proviene del exterior, sino también del interior de este sujeto. Es, en gran medida, el sentimiento abstracto de la culpa su fuente. Ya en La luz necesaria, con cierto alcance vallejiano, esto queda claramente establecido. El poema “Orfandad”, de dicho libro, expresa lo siguiente: “La culpa no es huérfana / Yo la reconozco”. En Idus de marzo tal disposición anímica toma relieve en las filiaciones que hace con Raskolnikov. Este sujeto se sabe simultáneamente víctima y victimario. No obstante, esta culpabilidad, no implica total indefensión; la misma queda filtrada por un fogonazo de lucidez lo suficientemente fuerte como para imaginar mecanismos de defensa contra su páramo existencial: “Yo sé que la libertad no existe / pero voy a ser esclavo / de lo que yo quiera ser esclavo. / Yo defino el peso y la extensión de mis cadenas”.
El otro lado de la mano nombra así, en su título, el espacio de la fragilidad irreductible. Si, como se ha visto, la masturbación parece ser, en este poemario, el estadio desde donde se puede pensar un último reducto de sentido, la mano (ese instrumento del amor solitario y artesanal) concreta el confín de la precariedad a cuyo margen se instaura el absurdo.
IV
Cuando Julio César fue avisado que el 15 de 12 marzo del año 44 A.C. encontraría la muerte en manos de sus enemigos, este se dio a la tarea de hacer caso omiso de dichos señalamientos. Las últimas horas de su vida las vivió al filo de un límite intensificado por la discordancia entre el desdén y los presagios. En Idus de marzo Pol aprovecha dicho estado de suspensión para apretar la palabra en el espesor de una poética airada que no teme confrontar abiertamente los riesgos del absurdo.

 

 

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