Sísifo

Sísifo

Sísifo o la búsqueda del sentido

Por Alexandra Pagán Vélez

La poesía no puede disecarse, es criatura del aire, casi un aspecto de la respiración.
¿Cómo comunicar entonces el sentido de su movimiento y el sonido de su vuelo?
Pero más importante aún, ¿cómo mostrar el destino de ese vuelo?
-José Luis Vega, El arpa olvidada (2014)

¿Y si estas preguntas no existen?/ ¿Existo?
-Julio César Pol, Sísifo (2017)

Siempre que me acerco a la poesía de Julia César Pol lo hago con la mirada alerta y el corazón abierto. Sé que sus versos están plagados de tesoros que me hacen entender mejor al mundo, al tiempo que me deleito con el ingenio, el humor y la maestría de su lirismo. Sé que leo a un poeta honesto, profundo, que tiene la capacidad de mostrarme la realidad a niveles cuánticos. Y es precisamente esta la dádiva que me ofrece este texto que presento con mucho entusiasmo: en medio de la mirada audaz y honesta sobre el trabajo ejecutivo, descubrir una “verdad sencilla”, como dijo Julia de Burgos. Pol en estos poemas devela la inutilidad del sistema laboral aniquilante como un modo de alentar la posibilidad de otro tipo de vida, otro tipo de mirada. Este poemario presenta una encrucijada: ante la inminencia de entregar un informe, decidir “entre un poema o una mentira”. Así, ese microcosmos se vuelve metonimia de la vida misma: ante lo superfluo de la convivencia, hay que decidir entre lo valioso y lo inservible, entre vivir o existir.
“Los dioses habían condenado a Sísifo a subir sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza;” así comienza “El mito de Sísifo” (1942) de Albert Camus. “No hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza”: Pol eleva las contradicciones del mundo laboral a la poesía. “La roca”, su primer poema de la colección, establece claramente lo que será una serie de metáforas y metonimias, algunas cargadas de humor, otras de reproche y denuncia, sobre el trabajo infructuoso que resulta de la burocracia neoliberal y del posfordismo.
El mundo frío de las oficinas con sus cubículos y elevadores se vuelve un espacio reductor y malsano (precisamente, el ponchador se vuelve guillotina). Los informes, las tareas abrumadoras con fecha de entrega, las tentaciones y los amoríos, los abusos y los delirios del poder; todos estos elementos entran en una lucha desigual e injusta con lo que es el sujeto, la vida familiar, la autoestima y la poesía misma. Este libro como objeto deja saber claramente que en última instancia gana la poesía, y que, ante toda aquella desolación, la posibilidad luminosa se vuelve una promesa.
En Sísifo el ambiente enfermo se concretiza en el edificio que nos va presentando a lo largo de los versos. De un modo que no pierde el sentido del humor macabro, el poema “La nieve” declama:
Sobre el teclado
No caían copos de nieve
Sino asbesto
De esta forma, la arquitectura de los edificios y el espacio que ellos suponen se vuelven fundamentales en el libro que también opera arquitectónicamente en la configuración del discurso poético. De allí que los poemas vayan elevándose por las esferas del poder administrativo y ejecutivo. Resalta que mientras la voz poética se acerca más a conjeturar al jefe o al burócrata, más paródica será la construcción del sujeto. Por lo tanto, el poemario mismo va dirigiendo al lector por esa oficina enferma: de la recepción a los cubículos para terminar en los aposentos de los altos ejecutivos; en un ambiente engranado como un reloj, lo que a su vez subraya la arbitrariedad del arreglo jerárquico y la opresión que deriva de ella. Ese espacio se va llenando de personajes, que en el plano de la ficción se vuelven arquetipos de los miedos, deseos y valores que se dan en medio de las circunstancias socioeconómicas que embargan los sueños y hasta la poesía misma.
“Recepción” presenta cómo, en medio del tedio laboral, un sujeto en busca de ayuda funge como la potencialidad de que el trabajo se vuelva útil, y de allí se divide toda gestión entre aquella que cae en las garras espantosas de lo rutinario y fútil, de lo que verdaderamente le sirve a alguien. En el poema, ‘recepción’ tiene doble acepción: se refiere al espacio en el que se recibe y atiende a los clientes, y también, a la fenomenología de percibir, interpretar y comprehender discursos, y ‘servir’, se refiere a algo que funciona e igualmente, a la acción de dar servicio. Esta es una de las constantes del poemario: marcar esa frontera entre lo inútil y lo valioso, y valorar la mirada que se tiene sobre ello.
Ante el mundo posfordista, el pago de la quincena o del bono se vuelve una mueca espantosa que solo la poesía salva porque esta es lo único que subyace y supera tales circunstancias; a pesar de trabajar con la muerte, la poesía se eterniza y, con ella, la poiesis misma se vuelve mito y convicción (en oposición a la convención que critican los versos). Mas esa salvación casi desdobla al sujeto lírico, el ser poeta se contrapone al mundo laboral. En el poema “Parresia” se enmarca el don de la palabra como patología y otredad. El sistema laboral se torna un camino oscuro en el que se pierden muchas cosas: “El pasillo como la boca de un lobo/ Un camino que no tiene salida”. Pero hay salida: el verso que libra y refleja al sujeto; es el poema lo único que da sentido a eso que parecen ser encerronas improductivas al carácter inherentemente libre del ser humano.
La oficina se convierte en pira, una especie de purgatorio dantesco en el que los empleados revalúan la vida, su ser, su humanidad que está en constante amenaza porque en ese entorno se automatizan o animalizan al punto de ser nombrados por la voz poética como ‘depredadores’. Esa aterradora noción de la degradación resulta de un sistema que oprime como las ruedas de un reloj. Bien declama en “Primates”: “Me enseñaron/ Con esfuerzo desesperado/ A arrastrar con una soga/ La rueda”. Igualmente, hay cierta ironía hacia los estados primitivos y salvajes, por ello el poema “Salvaje” trabaja esa contradicción que se viene auscultado en la relación paradigmática entre civilización y barbarie:
Distanciarnos de los animales
Que responden a la urgencia

Ser otro tipo de animal
Doméstico sumiso

Esperar el turno
Nuestro lugar en la fila
Del degolladero
En la relación de la subalternidad (los grupos humanos y el cuestionamiento a sus jerarquías desde la parodia y hasta del reproche) se examina no solo al sujeto oprimido y al opresor, sino también al que sirve de intermediario, que como medio de subsistencia es capaz de ser delator; es el esclavo que decide quién recibirá latigazos. Y es que el modelo neoliberal es la extensión de los modelos esclavistas y tiránicos cuya mayor estratagema recae en crear la ilusión de libertad y en ofrecer una ínfima esperanza de volverse el opresor, de allí esa depredación que denuncia la voz poética. El poema “Jefe” reafirma ese sentido de ilusión al declamar: “En esta galera/ Yo soy un esclavo/ Como cualquiera”. Así, en medio de estos mecanismos del poder, la subversión es un gesto necesario y valiente, lo que lleva a la paradoja que se presenta en “Vara”:
Si el miedo
Engendra disciplina
Conformemente

El disciplinado es un cobarde
Igualmente, se parodia la ilusión del poder que ofrecen ciertos puestos administrativos: “esa túnica imaginaria y transparente/ De la ficción colectiva”, y es que una de las sentencias del poemario es establecer que se trata de una convención a la que todos contribuimos; todos mantenemos ese sistema castrante.
La farsa del poder se caricaturiza porque es en esencia un hazmerreír y un despotismo. Lo acusan los siguientes versos: “El regente/ Siempre silencia un argumento de eficiencia/ Con una tesis de poder”. Hay revelaciones muy profundas de las dinámicas sociales de la opresión, como se presenta en “(ju)ego”:
Este no es un juego de dominación
El jefe siempre dice QUE NO
Que a menos que él no gane
No juega
De este modo, esa indagación sobre el poder y sus dinámicas convencionales, ese examen riguroso sobre la utilidad de las gestiones laborales, trazan un mapa. Sísifo supone, como mencioné, un recorrido, no al jefe, sino hacia la poesía como acción liberadora del sujeto oprimido. Los versos del poemario que usé en el epígrafe: “¿Y si estas preguntas no existen?/ ¿Existo?,” nos demarcan el sentido pleno de este texto: un cuestionamiento que reivindica al sujeto como entidad. La poesía coloca la experiencia de la inutilidad en el plano de lo valioso al recordar y delinear lo humano, y también al denunciar los engaños. Allí, cronotopos esenciales como el ‘tiempo’ complican el recorrido en ese edificio enfermo de la inutilidad. El tiempo como concepto que se balancea entre el valor y la futilidad se ancla en la poesía como interrogante poderosa: ¿qué de aquello que hacemos realmente merece el tiempo agotable de nuestras vidas? ¿Cuáles memorias estamos construyendo para nuestra senilidad? “Circunspección” es un poema vital que pregunta sobre lo verdaderamente importante de las acciones en la vida:
El jefe se levanta frente a la pared blanca y medita
Un calamar oscuro se abre paso
Se pregunta
Qué será después del buen trabajo
Una vez la jornada se detenga
Esta es la gran experiencia poética que este texto regala generosamente: el preguntar con severidad necesaria: ¿qué de todo esto es objetivamente valioso?
Como cito de José Luis Vega en el epígrafe, no hay un modo real y justo de elaborar sobre la poesía misma, pero este acercamiento que ofrezco es mi modo de felicitar a Julio César Pol por este libro tan acertado y necesario. También es mi manera de agradecer el que, una vez más, me revele verdades sencillas. Enhorabuena, poeta querido.

 

 

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